La complicada praxis de los valores.

Si eres maestro o maestra, profe o profa, y no te reconcome el tema, mala cosa. Porque es evidente que siempre enseñamos en valores, o lo haces de manera explícita, pensándote cómo, qué y por dónde, o lo haces sin darte cuenta, pues como dice Santos Guerra: “A veces los alumnos no escuchan al maestro por el ruido que hacen sus actos” (versión propia). Si todo docente sabe que nada enseña mejor que un buen ejemplo, en el tema de los valores la cosa es extrema. Quiero decir, que a veces la distancia de lo que decimos a lo que hacemos es tan evidente, que enseñamos directamente hipocresía. Incluso cursos intensivos.

Curiosamente, en este tema, lo que más me ha ayudado ha sido el proceso de educación en valores de mis propias hijas. El haber consultado de continuo con la madre el modelo general de valores, y el haber buscado el consenso con ellas, su opinión, sus propias visiones. Educar a nuestras hijas ha sido, sin duda, el mayor y más duradero curso continuo de pedagogía que he recibido nunca. Y ahí, todavía más, te la juegas día a día en el camino entre lo que dices y lo que haces. O eres coherente con lo que predicas, o enseñas hipocresía también.

La coherencia con los valores es otro temita. Coherencia no puede significar no equivocarse nunca. Coherencia es el mantenimiento del esfuerzo por serlo, no la infalibilidad. Proceso, proceso. En una tradición cultural católica, que penaliza obsesivamente el error en los valores con el estigma: “pecado”, y con un sistema educativo centrado, muy especialmente al evaluar, en los errores, y en su penalización, equivocarse al final es un horror, cuando los seres humanos no sólo aprenden más de los errores que de los aciertos, sino que simplemente no sabe aprender sin errores. Es nuestra forma. Sobre todo para los aprendizajes que se prolongan en el tiempo.

Otra característica de los valores y de su trabajo para el aprendizaje es que están siempre interelacionados. Si no sabes cómo trabajar directamente la empatía, por ejemplo, puedes trabajar la interculturalidad porque, haciéndolo, trabajas también la solidaridad, la capacidad de aceptación de la diversidad, la justicia internacional, etc. Igualmente ningún valor es el máximo que permita proponerlo como único a desarrollar, o nos aproximaremos a la ortodoxia, prima del fanatismo.

Y también algunos valores son enormemente complicados. Por ejemplo la capacidad crítica. Sé muy bien que si no la haces de forma adecuada vas a conseguir un efecto rebote. Llevo toda mi vida tropezando en la misma piedra. En realidad yo me dedico a esto del aprendizaje porque soy un burro aprendiendo. Lo que de verdad me interesa aprender para la vida me cuesta horrores. El problema fundamental de la crítica es que normalmente es una corrección de algo que es o interpretamos como incorrecto de alguien o algunos. Bueno, eso también es meterte en la vida de la gente y juzgar, y esto último sí que es lo más complicado e incorrecto del mundo.

Estoy contento, mucho, con el aprendizaje de no juzgar la vida de nadie. Me ha ayudado mucho toda la vida. De tener cuidado también para que nadie interprete que me meto en su vida. Y todavía más feo, que le digo lo que tiene y no tiene que hacer. Si para hacer una crítica (que hay que suponer constructiva) te cargas varios otros valores y a la persona que escucha, dudo bastante no sólo de la efectividad de la crítica, sino también de tus intenciones. Aunque jamás verbalizo mis impresiones sobre intenciones, solo faltaba. Es la peor forma de meterte en la vida de alguien.

La crítica ha de ser siempre noviolenta. La noviolencia no es sólo un principio de lucha social insoslayable, es también la más bella forma de vida personal que he conocido, aunque de mayor y por convicción racional, y posteriormente emotiva. No dañar nada ni a nadie, no dañar la vida: vegetal, animal o humana. Radicalmente. Hay muchas formas de violencia. No sólo la directa y física. También la hay verbal con frecuencia y no hablemos de la que producen las faltas de respeto personales.

No, no es fácil hacer una buena crítica, una crítica que ayude y no dañe. Pero tengo un pequeño secreto que he aprendido que funciona: haz la crítica y busca salvar siempre a la persona. Tampoco garantizo que funciona 100 %, pero funciona. Recomiendo, entonces, antes de hacer una crítica pensar a quién se la haces, y si la haces general, a quiénes. Tómate el precioso tiempo de pensar cómo puedo decirle eso sin hacerle daño. Y no sólo por amabilidad, cortesía, empatía, comprensión, y otros preciosos valores, sino también por efectividad.

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3 Respuestas a La complicada praxis de los valores.


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