Formación de profesores

Hace unos años (finales de 1999) se conjuraron los hados para que me decidiera a buscar qué hacer para formalizar mi solidaridad hacia los inmigrantes, casi empujado en realidad por algunos episodios xenófobos que recordar no quiero,y por el mínimo de memoria que me exigía recordar que nosotros éramos inmigrantes hace sólo unos años, y que en realidad todos somos inmigrantes en esta vida.

Me incliné por la formación de profesorado porque no se estaban haciendo las cosas del todo bien (creí percibir), en un área donde por mi especialidad podía contribuir; y por el carácter multiplicador de trabajar con profesores que aplicarán lo aprendido sobre números superiores de alumnos a los que uno puede llegar en un aula.

Fue definitiva la circunstancia de que un Director General de Educación de la Junta de Andalucía, D. Sebastián Sánchez Fernández, cuyo trabajo aunque breve ha sido enormemente trascendente para el sistema en áreas tan sensibles como la interculturalidad y atención al alumnado inmigrante, la violencia escolar y la Cultura de Paz, o la compensación de desigualdades en el sistema educativo; y con una actitud abierta y comprometida, tras una breve correspondencia por correo electrónico, me empujara profesionalmente a colaborar. Liderazgo moral, le llaman.

Di mi primer curso en la provincia de Almería en enero de 2001 en un Centro de Formación de Profesores (en familia llamado CEP), hasta hace unos días, han pasado más de 5 años y más de 250 horas de formación impartida. Sobre interculturalidad y atención en español como lengua extranjera a alumnos inmigrantes, sobre convivencia y cultura de Paz, sobre el Marco Común Europeo de Referencia sobre las Lenguas y el Portfolio Europeo de Lenguas, ambos proyectos del Consejo de Europa. Nunca he solicitado intervenir, y hace ya un año que decidí dejarlo. Los coletazos por tanto han sido responsabilidad mía.

Me gustaría hacer algunas reflexiones de cosas que he percibido. La primera ha sido todo lo que he aprendido. Como profesional sé que quien más aprende de un grupo es quien se atreve a intentar enseñar a los demás. Pero siempre le he tenido fobia a los púlpitos, y uno se pone en una situación muy delicada al decirle a otros, amablemente y con una buena preparación (eso sí), lo que tienen que hacer.

Evidentemente eso no sería posible sin que unos profesionales como la copa de un pino, después de su jornada de trabajo, tengan el valor y con la que está cayendo, se metan en otra aula otras tres horas para mejorar su trabajo.

Ha sido un enorme placer saber sobre el terreno, que hay, efectivamente, suficiente profesorado comprometido en Andalucía como para darle un vuelco, el que necesita, al sistema, y que empiecen a pasar cosas distintas en las aulas a las que ocurrían en el siglo XIX.

Sobre los déficits no me engaño y sé que en mi profesión hay de todo, como en botica, y quería apuntar sólo una por esta vez. ¿Cómo es posible que todavía haya gente planteando la diatriba de teoría y práctica?

Pocas simplezas quedan más allá de ver un mundo dicotómico, ¿Homo hominis lupus, todo es enfrentamiento, el bien y el mal, la verdad y la mentira, y tienen un mundo dividido en buenos y malos? Es una paupérrima y guerrera visión de la vida que todos empezamos a percibir como poliédrica, por lo menos.

Por supuesto, y como en el 90 por ciento de los casos, los dos. Sólo la correcta combinación de ambos hace algo valioso y productivo. Incluso en los momentos de máxima urgencia, como en un incendio, lo más valioso es poseer una buena teoría: el mejor y más rápido camino de salida. Y eso es una teoría.

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